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El Mentidero de las Musas

Aurora

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¿Juzgarme en unas cuantas palabras? No gracias... Soy, efectivamente, una caja de buenas sorpresas.
October 28

Cafelete por Elvira Lindo

 
" En esa esquina ardiente de mi barrio donde se encuentra la mítica cafetería Alto Copete tiene lugar cada mañana una zarzuela gratuita. Si dicha zarzuela saltara a los teatros podría llamarse así, Alto Copete; en ella intervendrían los taxistas que allí recalan, los jubilados y ese tipo de señoras prodigiosas que de una sola calada se consumen un fortuna y lo expulsan de a pocos mientras consumen lo menos cinco cafés. Personalmente, encuentro esta habilidad más difícil que la ventriloquia.
A esta zarzuela no le falta ni le sobra. Hay tontos y listillos, pura comedia humana: los listillos despuntan sus teorías con seguridad machacante, y los tontos dicen "ya te vale", expresión polisemántica, ideal para espíritus mansos porque no compromete a nada. Estos bares mañaneros debieran estar subvencionados por Sanidad, porque en ellos la clientela expulsa obsesiones y regresa a casa liviana y soportable después de soltarle el rollo a un pobre inocente. Entre los rollos que se sueltan priman, cómo no, las teorías conspirativas y las grandes revelaciones. El listillo tuerce el gesto, masca el palillo y dice que lo del 11-M, por mucho que digan, lo montó quien lo montó. Del 11-M pasa a Marilyn Monroe, que está viva; a Walt Disney, al que acaban de descongelar, o a la CIA, que como todo el mundo sabe, fue quien introdujo la droga en los sesenta a fin de apartar a la juventud del comunismo.
Y más: Madeleine está en Marruecos; los judíos no fueron a trabajar el 11-S a las Torres Gemelas; a la Obregón le explotaron las tetas en un viaje transoceánico; lo del calentamiento del planeta es un montaje descarao. Al salir del bar me digo, caramba, si tuviera arranque invitaría un día de estos al señor Rajoy a tomarse un cafelete. Y al primo."
 
 
Fuente: El País
October 22

Secuestro Kafkiano

 

Cuando desperté, me encontré en una habitación cálida de algo que parecía ser un almacén. Aún un poco aturdida y con la boca seca miré a mi alrededor. Las paredes estaban pintadas en un estuco naranja, no muy chillón pero sí lo suficiente como para dar algo de calidez a mi ánimo. En el centro de la sala, una mesa de madera y una silla. Encima de ésta, tan sólo había un pequeño taco de folios y un pilot negro. La iluminación era muy tenue aunque la suficiente para distinguir que estaba completamente sola en aquel habitáculo.

 

Intenté recordar cómo había llegado hasta allí, en que momento perdí la consciencia y quién sería el responsable de aquel encierro, pero el éxito de mi memoria fue nulo. Intentando recobrar el sentido al cien por cien me incorporé hacia la única ventana de la sala. Era un ventanal enorme de cristal, enmarcado por una madera antigua en color caoba. Era de dos puertas, aunque rápidamente me percaté de que en el centro del mismo se encontraba una cerradura. Absurdo sería si se me ocurriese saltar por aquel lado, así que al menos, quien fuese el que me hubiese llevado hasta allí, podría haber tenido el detalle de dejar que el viento corriese un poco para salir de mi estado. La ventana indicaba que estaba en el último piso, quizás una cuarta planta. La misma daba a un patio interior en el que había varias plantas altas en grandes maceteros de barro, distribuidas eficazmente para crear un entorno agradable.

Al girarme pude ver como en el otro lado de la estancia había un teléfono colgado en la pared. En ese mismo momento comenzó a sonar, sacándome del ensimismamiento en el que me había cobijado para darle paz a mi estómago, el cual no había parado de hacerse presente desde que desperté. A pequeños pasos, temblorosa, me dirigí hacia el mismo. Ya casi cuando había llegado a él, este dejó de sonar. Justo al lado del elemento en discordia se encontraba la puerta. Aunque me parecía absurdo, intenté girar la manivela, evidentemente sin ningún éxito.

 

Caminé hacia la mesa, al llegar allí me senté. Ví como los folios no estaban completamente en blanco, sino que tenían algo escrito en cada uno de ellos. En el primero podía leer claramente una pregunta: “¿Qué buscas?”.¡Vaya!, aquello empezaba a sonarme a un relato de Kafka. Medité sobre ello. ¿Era una salida lo que buscaba? ¿O quizás era la libertad?, eran dos términos parecidos en el momento en el que me encontraba, pero ni mucho menos eran iguales o sinónimos. Con el folio en la mano me dirigí nuevamente a la ventana. La gradación de los colores ocres y rojizos indicaban la hora del atardecer y a la vez, me procuraban el suficiente estado místico como para envolverme en la peculiar pregunta filosófica.

Pensé sobre las múltiples salidas que hasta entonces la vida me había ofrecido y me di cuenta de la parábola. En aquellos momentos estaba afanada por encontrar alguna, en el techo, en la pared, en la misma ventana… pero no, no había ninguna, me encontraba atrapada en aquellas paredes color naranja. Aunque el sentimiento no era de estar presa ni mucho menos, una paz interior era lo que mis sentidos proclamaban en aquellos momentos. Entonces me di cuenta, metafóricamente: lo que quería era avanzar. Resuelto el dilema entre libertades y salidas, me di cuenta de que por primera vez en mucho tiempo no estaba intentado huir, sino afrontar lo que en aquel momento me estaba dando dos bofetones en la cara. Me sentí satisfecha y entonces tomé el segundo folio. Fue entonces cuando, por lo que parecía un acto de magia bajó el proyector del techo. Tan absorta había estado que no me había dado cuenta de que en aquella peculiar sala contábamos con medios audiovisuales. Primero la pantalla fue azul, después imágenes superpuestas que fueron recordando partes de mi vida que habían caído en el olvido. No pude evitar pensar en la muerte, en aquella frase que dice que cuando ves pasar tu vida ante tus ojos es que nuestras horas están contadas. Sin dejar de mirar leí la hoja que había entre mis manos. Otra pregunta, en una letra que me resultaba familiar decía: “¿Crees que esto se refiere a la muerte?”. Un escalofrío me recorrió por completo. Podía ser posible que el inventor de mi secuestro estuviese mirando por algún dispositivo, pero en ninguno de los casos podría saber que era lo que pasaba por mi mente. Procurando no darle más que la importancia necesaria intenté responderme a la pregunta, ahogando mis ganas de huir nuevamente.

 

Efectivamente, la primera idea que me había surgido era la de la muerte. Pero la muerte no tenía porque ser la cesación de mi vida. No, sabía que por ahí no iban los tiros, pero si sabía que ideas viejas y demonios mezquinos aún estaban adheridos a mi. Cómo si quitara jirones de mi piel comencé a desnudarme, haciendo de ello un ritual, evocando en cada prenda demonios que me retenían para avanzar en mi camino. Concluí este acto y esta escena cuando estuve completamente desnuda. Ya no quedaba nada, estaba desnuda frente a mi, desprovista de viejos demonios que de forma subliminal había dejado en el suelo junto a mis pies.

Noté en aquel momento como subía la temperatura de la sala, se hizo presente un pequeño murmullo de aire que provenía del techo. Al fin y al cabo, mi secuestrador parecía tener cualidades humanoides.

 

Mientras me dirigía al punto de encuentro de las hojas localicé la cámara. Justo encima de la ventana se encontraba el chivato del voyeur. Bajé la mirada y tome en mis manos el tercer reto, la tercera pregunta de la tarde: “¿Cuánto queda de tu actitud simiesca?”.

Confieso que tenía terreno ganado al haber leído a Kafka. El mismo escritor había necesitado de varios instructores para llegar a sus conclusiones finales. Yo, en un pequeño recorrido y basándome en anteriores retrospecciones de mi misma, sabía que aquello era una conclusión. Conclusión a la que llegaba después de un año de camino en el desierto. Un camino tedioso, que no hace otra cosa más que cultivarte, pero que en los momentos que fueron vividos, fueron arduos y duros. Heridas que cicatrizan dejando marca, dejando huella de que han estado presentes. Vivencias muy duras no contadas para no acaparar la lástima de los que me rodeaban.

Aquello era el final de mi camino recorrido, daba lugar a conclusiones, ruegos, y en aquel momento preguntas. Nunca hubiera definido mejor actitudes anteriores que con la palabra “simio”. Efectivamente, en algún momento de mi vida he repetido e imitado actitudes iguales a las de otros, al fin y al cabo todos pertenecemos a una sociedad de masas, repetimos lo que oímos y hacemos lo que vemos. Inclusive cuando queremos a toda costa ser originales y diferentes, tomamos roles y actitudes de lo que hemos visto en sectores minoritarios o de élite. Todo acaba siendo una continua repetición hasta que te planteas a ti mismo, y no sólo con el convencimiento de reinventarte, sino con el objetivo de conocerte. Y es aquí cuando se aprende, y además de una forma despiadada. Usamos la fusta con nosotros mismos flagelándonos a la menor debilidad. Así es como se expulsa la condición de simio, y además con tal violencia que nuestra razón ayudada por las sensaciones, nos dicen que hemos llegado al punto que buscábamos. A la “consciencia”, palabra muy usada y a la vez increíblemente desconocida. Desconocida incluso para aquellos que dicen habitualmente: “soy consciente de ello…”.

Me di cuenta de que poco quedaba en mi de esa actitud de mono. Mi cerebro se había avivado y mis sentidos se encontraban más despiertos que nunca. ¿y para que nos vamos a engañar? Esta dosis de narcisismo cultivado me hacía feliz. Ahora cuando miro hacia todo lo vivido y aprendido me doy cuenta de que si bien no me arrepiento de ninguno de mis actos del trance, tampoco me siento satisfecha ni pienso que haya acabado mi camino. Aprender de aquel que te habla y del que te escucha es un valor sine quanum para no convertirse en un orangután.

Todas las personas al fin y al cabo nos aportan algo y el desestimar las enseñanzas porqué estos no sean “maestros” es de necios. Aunque sin duda hay “maestrillos” de poca monta, que en el fondo son “demonios mezquinos” que venden humo, a los que he superado a base de bien…[1]

Di por finalizada mi reflexión y cogí el último folio. Nada más leerlo supe quien era mi voyeur, al igual, que aquella que tenía entre manos era la pregunta más complicada de la jornada: ¿Qué anhelas tú que necesites que inspire tu vida?”. Hoy puedo responderme a esta pregunta pues algunas de las cosas que anhelo ya las poseo. Una de ellas es un carácter en el que sentirme segura, en el que me sienta yo misma sin caer en el lado oscuro de las dobleces o del conductismo propio de un hombre masa a lo Ortega y Gasset; ese a día de hoy soy consciente de que lo poseo, de que me he reforzado en él y no hay lugar para debilidades o tendencias mártires acaparadoras del consuelo de los demás.

Por otro lado, una de las cosas que más anhelo, es la inspiración de mi futura profesión para buscar la verdad y correr el riesgo de encontrarla. Hacer un trabajo intachable en el que sea capaz de transmitir verdad y espíritu de lucha para aquellos “animales sociales” que se involucran en la realidad del mundo cotidiano. No en aquellos que sólo sirven para afanarse en quejas de cambiar el mundo y que después poco hacen, sólo ruido.

Aunque sin duda todo esto no puede darse sin la banda sonora del Amor. Amor libre, sin mediocridades ni falsas verdades. Amor directo, amor que no te anule como ser humano, sino Amor por amor, pues esa es para mi la única moneda de cambio existente. Encontrar el Amor en unos ojos verdes hoy por hoy es mi mayor reto en mi pequeño mundo personal; al igual que él vea en estos ojos marrones la amplitud de una esperanza que poco a poco va haciendo eco para parar los pies a viejos demonios.

En definitiva pienso que lo mejor que puede inspirar nuestra vida es el Amor, la verdad, el carácter, la lucha y la humildad. La envidia, los celos y el odio no entran en mi pequeña RAE particular.

 

 

Tras esta reflexión en voz alta, el teléfono volvió a sonar. Al otro lado del hilo reconocí a mi compañero desmigajado. Aquel que por mi había vuelto a juntar migajas y hacer que todo encaje. Me preguntó si quería que abriese la puerta o prefería esperar a reflexionar un poco más para verle. Sin dudarlo, le dije que quería que abriera, pues todos los muros habían sido derribados, y esa puerta ya, estorbaba.

Al verle, sentí paz. La escena me inspiraba una ternura difícil de relatar aquí y demasiado privada como para no guardármela en mi pequeño baúl. Me miró con esos ojos verdes que desde hacía tiempo generaban un nuevo mundo en mis ideas. Su cara me recordó a la del mejor y más paciente de mis maestros. Al ver como avanzaba hacia mi, en voz irónica y melosa solo acerté a bromear y decirle:

 

-  "Por fin, ya estás aquí, mi becario favorito".

 

 

Besos de todos los sabores,

 

 

Aurora.

 



[1] Dícese de la pildorita de rigor dedicada a alguna persona concreta…

October 04

¿Estereotipos?

 
 

Pero que nos gusta criticar, ser chismosos, encajonar a la gente y creernos ocurrentes en el intento. Que nos gusta meter entre rejas la personalidad de cualquier persona (que no seamos nosotros claro está… que para eso somos los súper progres y divinos de la muerte) y someterla a un juicio que ni la Inquisición en sus mejores tiempos. Que todo esto ocurre, bueno, ya muchos nos habíamos dado cuenta, pero el caso es ¿Por qué? Uhmmm, se me ocurren muchas y diferentes razones de porqué estamos tan empeñados en dirigirnos a los demás juzgándoles sin previo aviso y sometiendo al ser humano a nuestra “maravillosa” y “acertada” opinión de cómo son y las clases de personas que existen en la sociedad.

Con esto, por supuesto no me refiero a un célebre artículo de opinión, ni a un retrato en serie o película de las líneas generales que seguimos en el planeta Tierra, ni tan siquiera a una imitación. Me refiero a como entre nosotros mismos nos echamos tierra encima los unos a los otros en el día a día y entre las personas “de a pie”.

Estereotipar a las personas, gran invento de los cobardes. Sin lugar a dudas así lo considero. Intentamos zafarnos constantemente del mito de las mujeres anunciando detergente y pasando la mopa, de la idea de que sólo a los hombres les gusta el fútbol los domingos por la tarde, de que a los jóvenes no nos interesa la sociedad y la política… y después, esos mismos que tanto ruido hacen protestando por el mundo de la globalización (que la mayoría lo único que hacen ciertamente es gruñir y no hacer nada por cambiar la situación, ciertamente), los ves encajonando y creando prototipos sociales como si fuésemos máquinas programadas para ciertas cosas.

En una charla magistral a la que acudí esta mañana decían, que siempre puedes saber que dos vertientes puede tomar un perro si le das una patada… pero ¿Y un hombre? ¿Acaso todos reaccionamos igual? ¿Realmente hay tres o cuatro roles de personas que se van multiplicando en ese carácter hasta el infinito?, no sé, bien creo que no, aunque con los cerrados de mente es imposible discutir, se toman la categorización del ser humano como un axioma indestructible. Pues vale, dime hasta donde llegas y te diré quien eres… y sin duda que anhelas.

Valga esta crítica para intentar reforzar la idea de que hombres y mujeres pasemos un poco de “Mr. Proper” a nuestro cerebro y nos quitemos prejuicios y banalidades. Aprender a escuchar implica también saber ver, para entender los conceptos y no quedarnos en la superficie más vulgar y mediocre. A los seres humanos, se les trata como seres humanos. A los animales, como animales y a los objetos como objetos.

Si se quiere categorizar, estudien las mariposas, así podrá decir: “Esta es una Heliconius erato” y quedarán encima estupendamente bien y como cultureta del año. Si quiere aprender, olvídese de estereotipos con el ser humano. Aprender, no es sin lugar a dudas, tachar a los demás de poco originales o de robots metódicos, sino demostrar que nosotros realmente somos abiertos de mente y originales. Un gran signo de inteligencia es reírse de si mismo con saña, bajar nuestros humos, y no dejar que entre líneas se vea, nuestros deseos frustrados llenos de prejuicios y orgullo. Póngase ante el espejo y ríase de usted. Practique también un poquito de humildad. Usted puede estar enfadado con el mundo, pero eso no implica que el mundo esté enfadado con usted.

 

Aprenda a responder la pregunta ¿Quién soy yo? Y después… ya veremos.

 

Besos de todos los sabores,

 

 

Aurora.

October 02

En cuanto a la escritura

 
 
(...) Hasta que se inventó la escritura, el hombre vivió en el espacio acústico: sin límites, sin dirección, sin horizonte, en las tinieblas de la mente, en el mundo de la emoción, con la intuición primordial, con el terror. El lenguaje es un mapa social de este pantano.
La pluma de ganso acabó con la conversación. Disipó el misterio; dio arquitectura y ciudades; trajo caminos y ejércitos, la burocracia. Fue la metáfora básica con que empezó el ciclo de la civilización, el pasaje de la oscuridad a la luz en la mente. La mano que llenaba la página de pergamino edificaba una ciudad.
¿De dónde surgió el prodigioso arte místico de pintar el LENGUAJE y hablar a los ojos?
¿De que se nos enseñe, trazando unas líneas mágicas, a materializar y dar color al PENSAMIENTO?(...)
 
Extraído de "El medio es el masaje".- Marshall McLuhan.
 
 
No todo merece la pena ser contado, ni todo merece la pena ser leído... Otras veces merece tanto la pena que egoístamente escondemos los pilots y tapamos al vecino los oídos, para que solo pueda ser saboreado por el narrador y la musa, o por los protagonistas, que huyen del escenario y del guión para disfrutar de su propia obra.
 
 
Besos,
 
Aurora.
 
Escuchando: "Corazones", Miguel Bosé y Ana Torroja
September 30

En un día ocioso (II parte)

 

 

 

(…) Tras que Mendizábal descubriese la caja en discordia, Paula se despidió de él excusándose ante la inminente llegada de Carlos. En aquel momento hubiese deseado tener una cámara a mano con la que mirar por un agujerito a su antiguo amigo. Y es que a fin de cuentas las cosas no pasan por casualidad, y algo habría hecho el sujeto de marras para recibir tan peculiar regalito…

Paula se encaminó hacia Sol, dónde estaba ya esperando Carlos desembalando cajas en el apartamento que había alquilado. La puerta del portal estaba abierta de par en par, y el coche aparcado en doble fila en la puerta, aún lleno de trastos. Cogió el ascensor y se dirigió al segundo piso, donde también la puerta de entrada estaba accesible. Entró y pronunció su nombre, con una sonrisa, tras la columna apareció él. Se fundieron en un abrazo, pero era notable que Paula no estaba donde debía de estar, si bien se encontraba feliz ante el esperado evento, la mañana había dejado secuelas en su humor.

 

-          ¿Qué tal pequeña?

 

Carlos se dirigió a ella con dulzura, con un tono que indicaba como el que sabe que algo ocurre y no sabe bien qué.

 

-          Bien pequeño, una mañana un tanto extravagante.

-          ¿Y eso?

 

Si no hubiese sido por el esfuerzo que estaba realizando en no dejarse arrastrar por la sugestión de los acontecimientos, hubiese pensado que tras la sonrisa cómplice de su chico se escondía la sabiduría de saber lo que estaba ocurriendo.

 

-          Nada, nada, ya te contaré. Será mejor que quites el coche de en medio de la calle y lo guardes en el parking.

-          Así lo haremos joven.

 

Dejaron las últimas cajas al portero, que tras estar durante toda la semana hastiado de leer el ABC se encontraba emocionado al servir de ayuda a algún vecino, tanto que se ofreció a coger las llaves y guardar esos últimos paquetes en el piso. Dada la insistencia del cancerbero decidieron no llevarle la contraria y se dirigieron al aparcamiento.

Durante el viaje, Paula no fue capaz de articular palabra, consciente de que en su izquierda Carlos no la quitaba ojo de encima, como aquel psiquiatra que mira a su paciente a sabiendas que aún no ha terminado con él. El camino a casa fue igualmente mudo, se besaron en varias ocasiones, y a pesar del frío Paula se percató de que a él, le sudaban las manos.

Intentando quitarle hierro al asunto, Paula cogió unas cuantas perchas y una maleta y decidió hacer de novia educada colgando las camisas en el armario. Tres minutos después Carlos pasó a la habitación y se sentó en la cama. La observó en silencio dos minutos más. Tras ello, rompió el mutismo:

 

-          Hoy no trabajabas ¿Verdad?

-          Cierto, pero se me había olvidado – Paula adivinó que tras esa pregunta vendría otra más…-

-          ¿Y que has hecho entonces? ¿Fuiste a la biblioteca? – La voz de Carlos sonaba tranquila, pero a su vez severa, prácticamente supo que su intuición no la estaba fallando-

-          Pues… me llamó Mendizábal.

 

Silencio. Un silencio se apoderó de la habitación, los ojos de Carlos se clavaron en la tarima. A Paula no le hacía falta volver la vista para saber que imagen estaba tras de si.

 

-          ¿Y…? – La voz de Carlos por un momento se tornó insegura y apocada.

-          Nada, tomamos café… y bueno después sucedió algo extraño.

-          ¿Sentiste algo al verle Paula? –en esta ocasión la voz de Carlos se mostraba temblorosa-

-          ¡Claro que no! ¡Eres bobo! –Paula se sentó a su lado en la cama y le cogió de la mano- Sólo que… bueno, ha sido todo muy extraño.

 

Paula le relató punto por punto lo sucedido esa mañana. Pero a diferencia de una cara de sorpresa encontró en su compañero una sonrisa de satisfacción que en aquel momento no supo describir.

 

-          Te pasa cada cosa pequeña…- le besó la cabeza mientras ella notó que ya no le sudaban las manos- Y bueno, ¿A que crees que se debe todo esto?

-          Pues la verdad… ya sabes cual fue la soporífera historia con Mendizábal, como se vivió entre todos y todo el daño que me hizo. También sabes todo lo que ocurrió a los meses después de dejarle… creo que alguien, o más bien “alguienes” han decidido pagarle con su propia medicina. Sino… esto no tiene sentido ¿No crees?

 

Carlos la miró, su mirada hizo que un escalofrío la naciese desde la espina dorsal. Supo que uno de los “alguienes” que figuraba detrás de esa historia era su propio compañero. Le miró a sabiendas que con esa mirada le diría que se había dado cuenta, pues no pensaba decirlo en voz alta, ni tan siquiera lanzar una de sus ácidas bromas en doble sentido para hacérselo ver. Aquello, aunque divertido era serio, y egoístamente no pensaba poner ninguna traba en la escenificación de aquella magistral obra teatral que se estaba organizando en torno suyo. Tras un silencio infinito, Carlos solo pronunció:

 

-          ¿Recuerdas aquella frase que te hizo tanta gracia cuando veíamos Pulp Fiction?

-          Sí… pero no la recuerdo textualmente– ahora si que Paula se había quedado completamente consternada –

-          Te la citaré, si recuerdas, ya te comenté que era un pasaje un tanto “adaptado” de la Biblia, del profeta Ezequiel, decía así:

 

El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por la avaricia de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del Valle de la Oscuridad. Porque él es el verdadero guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. ¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquéllos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahveh, cuando mi venganza caiga sobre ti!”

 

 

 

Continuará…

 

 

Besos con sabor a mango,

 

 

Aurora.

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